Satán será heavy metal o no será (muestra / Capítulo 1)
You can't kill me 'cause I'm already inside you
Sick, sick, sick, sick
Yeah!
(sic), Slipknot
1
No se sabía nada del que tocaba los sintetizadores en Caldo de Cabra. “N.º 6”: ese era el único “nombre” acreditado en los libritos de los CDs, mientras que las revistas y los fanáticos lo llamábamos simplemente “Seis”. Y el sexto era el lugar que ocupaba dentro de la banda, compuesta por nueve músicos enmascarados. ¿Jerarquía numérica impuesta por el orden de llegada al grupo? No se sabía. Y aunque cada uno tenía su disfraz, su alter ego escénico y su número identificatorio tatuado en la nuca, solo la vida y la identidad de Seis se ocultaban al público. Del resto se conocían las caras limpias, la progenie bastarda, las escuelas que habían abandonado y los juicios por desorden público. El infaltable prontuario de toda banda respetable.
Las máscaras del grupo variaban de forma y concepto entre los diferentes discos, excepto la de Seis. Desde Spinal Fluid —primer demo oficial— usaba siempre el mismo simulacro de máscara de hierro. Según mis averiguaciones, ese había sido el artefacto de tortura más utilizado en las cárceles francesas durante los siglos XVII y XVIII. Y, aunque ya eran suposiciones mías, quizá representaba el hecho de que Seis se sentía prisionero de una vida y un sistema que lo rechazaban. Me ilusionaba pensar que él y yo, de quince años, compartíamos esa sensación.
Volviendo a las máscaras, la de Seis se diferenciaba de las francesas por una particularidad: traía pinchos clavados en el exterior, gruesos y largos como agujas de tejer. A simple vista, parecían más de dos docenas. Y disco a disco, acorde a la brutalidad de las letras y el sonido de la banda, aumentaban su longitud. En las fotos de las revistas y en los pósteres, un cierre cubría tanto la abertura para la boca como la de los ojos. Un cierre cerrado, valga la redundancia. Gracias a ese detalle, sumado a los guantes de cuero, las botas militares y el mameluco naranja igualmente cerrado hasta el cuello, no tenías idea de si Seis era negro, albino, o un reptiliano.
Durante los shows en vivo que cada tanto repetía MTV, se lo vislumbraba en el fondo del escenario, engullido por la humareda de las máquinas escupefuego. Usaba dos poses, nada más, y las dos antagónicas: en la primera se quedaba quieto y miraba gritar al vocalista, eso era todo. En la segunda, él mismo agitaba la cabeza como un endemoniado al ritmo de la doble pedalera, abrazado a su sintetizador, consustanciado con los acordes más estridentes.
También se decía, cómo no, que andaba en el satanismo: circulaban un par de fotos pixeladas del mismísimo Anton LaVey contemplando algún show desde bambalinas, con los tres o cuatro cuadros que se suponía eran su cabeza asomando detrás del hombro de Seis. En un MSN group alguien afirmaba conocer a un librero de Chicago que les había vendido tomos antiguos, forrados en cuero humano, a Seis, a Trent Reznor y a Ozzy Osbourne. Muchos detractores decían que la brutal fama internacional de Caldo de Cabra, que era poco comercial ya desde ese nombre en español, cuyo significado el yanqui promedio ignoraba por completo, solo podría haber sido conquistada mediante trueques, contactos indecorosos y hasta relaciones carnales con el más allá.
“En esta tierra protegida del Señor —escribía en el foro uno de esos detractores, con indignación ardiente— no es posible que exista persona sana de mente, y con un mínimo aprecio por sus oídos, que disfrute o siquiera tolere las blasfemias guturales de estos nihilistas enfermos del espíritu, obra pura y dura de Satanás”.
Si bien yo adoraba a los nueve, Seis era mi dios personal: una bestia de los arreglos electrónicos, un misterio —hasta ese momento— perpetuo. Con quince años, me obsesionaba, quería ser como él. Mejor dicho: quería ser él, así me viera obligado a vender mi alma al Diablo o a la cosa oscura a la que LaVey y Manson le rezaran. Quería también atraer a las chicas con mi música y mi misticismo; quería que mi sintetizador acentuara la oscuridad de mi propia banda —inexistente, hipotética—, con mis propios gritos secuenciales y distorsionados. Por eso, y gracias al trabajo minucioso de Seis —tan imperceptible para muchos; entre esos, Natanael, mi mejor y prácticamente mi único amigo—, fue que me compenetré más y más en el uso de consolas y sintetizadores. No podía alivianar mi pesadumbre con instrumentos clásicos. Y cuando descubrí cómo captar un ruido o una frase y descomponerla hasta convertirla en algo musicalmente nuevo, me dije: “Listo, carajo. Esto es lo mío”.
Pero ni ahí que era lo mío.
Y si alguna vez me acechaban las esperanzas de tener algún tipo de talento, Nata siempre estaba ahí para salvarme. De eso andábamos hablando aquel día de 2003 en que mis anhelos y mis pesadillas empezaron a mezclarse y a tomar forma en la realidad:
—Sos malísimo, boludo —me dijo Nata, con su habitual sutileza, sentado frente a la compu de mi cuarto, chateando por MSN con alguna de sus novias.
Yo, frente a la ventana, trataba de arrancarle un loop al sintetizador. Había grabado los chillidos de Mafalda (nombre que impuso mi madre), mi gatita en celo, y los quería usar para reemplazar el platillo en una secuencia de batería típica de Black Metal.
Pero apreté algo mal, y un maullido estridente y prolongado se derramó sobre una batería atronadora y explotó por los cuatro parlantes colgados en los rincones de la pieza. La monstruosa cacofonía sacudió los vidrios y me taladró las paredes de la garganta, como si me hubiera tragado un martillo neumático. Me tapé las orejas con tal brutalidad que casi me arranco el arito.
—¡La concha de tu hermana, nos vas a matar! —gritó Nata, aunque más que oírlo le leí los labios.
Vino hasta donde yo estaba, desenchufó el transformador de una patada, el sintetizador se zafó del soporte, casi tuve que tirarme de la silla, abrazarlo en el aire para que no terminara reventado contra el suelo, y después me dio un manotazo en la cabeza.
—Cortala de una vez, ¿querés? Nunca vas a ser músico. No tenés oído, no tenés talento. Ya te lo dije. Y si seguís con estas boludeces ya no te va a quedar oído ni para cantar el Feliz cumpleaños.
Lo triste no era su crueldad, sino que tenía razón. Y aunque escuchara metal más por darse aires de “chico malo” que por la música —o para levantar minas en los campamentos—, se había aprendido a tocar un par de temas de puro oído. Tenía mejor oído que yo, que podía saberme toda la teoría del universo y me costaba horrores tocar un acorde de Sol en el sinte sin que se me acalambrara el dedo chiquito.
Todavía pensaba en algo para responderle a Nata cuando sonaron dos golpes en la puerta, y después la dulce voz de mamá:
—¡La puta madre, pendejo! ¡Te dije que si volvías a despertarme así te tiraba todo eso a la mierda! ¡Es tanto pedir dormir una siesta tranquila!
La puerta se abrió con un tercer golpe, y mamá entró hecha una cavernícola: la respiración agitada, el pelo revuelto, la cara con los almohadones marcados y las tiras de la musculosa por los codos. Localizó el equipo entre mis brazos y me lo quiso arrancar. Tragándome las lágrimas, luché a muerte por salvarlo.
—¡Perdón, perdón! Es la última vez, te lo juro, ma.
—¡La última vez las pelotas! ¡Me tenés podrida! ¡Inútil y desubicado como el pajero de tu padre sos! Encima dale que dale con esa música depresiva del orto.
—Tranquila, Mary —dijo Nata—, yo me encargo.
Tal vez porque delante de la gente a mamá le gustaba fingir que me quería, o acaso por ese embobamiento que Nata parecía producir en chicas y chicos y en toda criatura viviente, ella bajó la guardia. Hasta habló en tono casi dulce. Dulce de verdad, digo:
—Mi vida, perdón, no me di cuenta de que estabas acá.
Nata le esbozó una sonrisa robada a Brad Pitt en El club de la pelea, mientras se inclinaba y fingía limpiarse unas pelusas de los borcegos. Y digo que fingía porque siempre que se quería lucir frente a alguien hacía lo mismo: en esa posición se le marcaban en la remera los bultos trabajados de los hombros y el trapecio.
Esta vez, antes de contestarle a mamá, se acomodó bien las cadenas en los bolsillos, como quien se alisa prolijamente el pelo, y se tironeó de los expansores en las orejas, qué sé yo, algo de macho alfa tal vez, para demostrar que se bancaba el dolor:
—No hay problema, Mary.
Mamá se acomodó el pelo y las tiras de la musculosa. No pareció incomodarle mucho que se le transparentaran las tetas en el algodón, algo que quizás ella sabía que Nata estaría gozando a lo bestia.
Durante un ratito, se lo quedó mirando embobada y después sacudió la cabeza, como si quisiera despabilarse de él, y se acordó de que me estaba cagando a pedos: me agarró del arito y me retorció la oreja como si le subiera el fuego a una hornalla. El dolor me hizo despegar el culo de la silla mientras ella me decía entre dientes:
—Te salvaste porque está Nata. Me volvés a despertar así una vez más y te corto las orejas con arito y todo. ¿Me escuchaste?
Sin darme tiempo a responderle, si es que correspondía darle una respuesta, me soltó. Después, me dio la espalda. Antes de salir del cuarto, se frenó, le sonrió a Nata y le acarició la mejilla. Dio un paso más hacia la puerta, pero no terminó de salir. Se quedó quieta, la mano en el pomo. Agachó la cabeza, y suspiró con pesadez. Nata se le acercó, sin dudar, y le apoyó una mano en la espalda. Ahora le frotaba un hombro desnudo y le susurró algo que no llegué a entender, el hechizo que se negaba a compartirme.
Mamá asintió, y una voz alegre le salió de no sé dónde, como si un demonio de la bondad hubiera brotado de la alfombra y la hubiera poseído:
—¿Quieren merendar algo, chicos?
Nata aplaudió y dio un paso atrás:
—Un café negro, Marisa, por favor. Se lo agradecería muchísimo.
Yo no le contesté, andaba concentrado en acomodar el sinte de nuevo en el soporte. Los dos me clavaron una mirada que me hizo sentir más desubicado que Xuxa haciendo los coros en Sepultura.
—Yo…, una chocolatada, ma.
Cuando los pasos de mamá desaparecieron al fondo del pasillo, Nata cerró la puerta, se me vino encima y me pegó una piña en el hombro.
—Y después andás llorando porque no levantás minas.
—¿Qué? —me frotaba el hombro tratando de no soltar una lágrima frente a él. De paso me arrodillé para comprobar que el cable del transformador estuviera sano—. ¿Qué hice?
—Si no te das cuenta, te merecés otra piña.
Amagó a pegarme de nuevo y levanté los brazos, lo que me hizo empujar sin querer el pie del sintetizador. Volvió a zafarse, y esta vez no llegué a agarrarlo: me cayó de punta en el tobillo. Pegué un grito y Nata se empezó a reír. Y así, entre risotadas, volvió a sentarse frente a mi compu, a responder sin apuro a todas las ventanitas del Messenger que brotaban y zumbaban sin parar.
—Che, y hablando de minas —tiró, sin despegar los ojos de la pantalla—: me intriga el tatuaje verdoso que le asoma a tu vieja del culo. Medio tumbero, ¿no? Me calientan las minas jodidas.
—Callate, pelotudo.
Nata se levantó y, de un tranco, se comió el metro y medio que nos separaba.
—¿Cómo me dijiste? —tenía la nariz aplastada contra la mía. El aliento a pucho me hacía lloriquear. Sentí lo caliente de su piel a través de mis párpados—. Repetilo. ¿Cómo me dijiste?
Me quedé mudo. Hasta que al fin pude balbucear:
—Pel… Peldón.
—¿Qué? ¿Sos chino ahora? —me apretó la cara con una mano y me sacudió de la mandíbula—: ¡No me tenés que pedir perdón! Me tenés que enfrentar, boludo. ¡Jamás tenés que pedir perdón! ¡Ni siquiera a mí! ¡Ni siquiera a tu mamita!
—Bueno… —Ese “bueno” me salió tan desinflado que me asqueó apenas lo dije. Así que lo intenté otra vez, antes de que Nata me volviera a sacudir los dientes—: ¡Nada de pedir perdón! ¡Jamás! ¡A nadie!
Y lo empujé. Él retrocedió a los tumbos y, tras tropezarse con su mochila, cayó de espaldas en la alfombra. Sonó feo, como cuando al verdulero de enfrente se le cae una bolsa de papas del camión. Una bolsa de papas, en este caso, atada con cadenas.
Temí. Realmente temí por mi vida. Pero Nata largó una carcajada contagiosa, y nos seguimos riendo cuando le di la mano para ayudarlo a levantarse.
—Bien —me dijo, limpiándose las lágrimas de risa—. Re bien para empezar.
Los zumbidos del Messenger no dejaban de repiquetear por los parlantitos demacrados de mi compu.
—¿Qué onda eso? —le dije—. ¿Conseguiste que otro par de “darkis” se pelearan por vos?
—Algo así, pero no tan así —su sonrisa ancha o perversa me incomodó—. Esto es mucho mejor, hermano. Y nos incluye a los dos, porque te quiero, ¿sabés? Sos un boludo, pero igual te quiero. Te vas a volver loco cuando veas lo que te conseguí. Es un caramelito. Jamón del medio.
El escalofrío ahora me recorría y me aflojaba las piernas: definitivamente hablaba de una chica.
—¿Qué hiciste, Nata?
—Nos conseguí un par de minas, qué va a ser. Ah, y también un par de entradas para el MetalFest.
El corazón me dio un vuelco:
—¡Jodeme!
—No te jodo nada —se acercó a la compu y agarró el mouse, hizo unos cuantos clics rápidos y un montón de imágenes se abrieron—. Mirá lo que son estas minitas…
—Lo de “jodeme” no fue por las chicas, Nata.
—Ah, las entradas...
—¡Sí, boludo! ¿Vamos a ver a Caldo de Cabra?
—Y sí. Este año vienen, ¿no?
—¿Cómo que si este año…? ¿Me estás jodiendo? ¡Son los que cierran el festival!
—Ah —Nata se frenó a pensarla un segundo—. Entonces, sí, vamos a ver a Caldo de Cabra. Felicitaciones, che.
El corazón no me daba más, quería atravesarme. Me giré para mirar el sintetizador y todos los pósteres de la banda que adornaban la pieza. Desde la primera Rolling Stone había recortado hasta las carátulas de los discos y las imprimí a escondidas en la compu del colegio. Eufórico, me di vuelta y le pegué una piña a Nata, que me la devolvió igual de sacado. El mío seguro que no le durmió el brazo como el suyo me lo durmió a mí, pero no me importaba. ¡Caldo de Cabra, la puta madre! Primera vez que venían al país en sus treinta años de carrera, y encima este concierto marcaba el cierre de su gira de separación. Si no los veía ahora, no los vería jamás. Me pasé casi todos los noventa soñando con que vendrían a tocar cerca de mi pueblo, o que aparecerían de sorpresa en Videomatch; me preguntaba si caerían a la Quinta de Olivos disfrazados y con qué cara los recibiría el turco. Me resultaba rarísimo que hubieran traído a Manson y a los Guns N’ Roses antes que a ellos, pero bueno, si lo pensaba mejor, en esos tiempos yo era apenas un niño, y todavía no era amigo de Nata, que al parecer también tenía magia para conseguir tickets.
Y pensar en esos tickets me hizo bajar a tierra.
—Pará… —le dije—. Cuestan un huevo las entradas. Y ninguno de los dos tiene un mango.
—Me extraña, araña, que siendo mosca no me conozcas.
Exhalé largo y tendido cuando entendí.
—No me digás que pagan ellas.
Él confirmó, sonriendo a lo Fight Club, y por primera y única vez le agradecí a Satán por su facha y su labia inexplicables.
Cuando mamá nos trajo la merienda, yo me bajé el vaso de chocolatada de un solo trago. Después me quedé sentado al borde de la cama, con una sonrisa idiota y un vinilo original de Spinal Fluid entre los dedos, mientras Nata ponía música y charlaba con mamá en un rincón.

