El paseo de Mili
Fueron dos segundos: Julián despegó los ojos del colectivo para mirar el GPS, y cuando volvió a mirar al frente el colectivo se bamboleaba como sacudido por un tornado. Clavó los frenos del Civic y vio cómo el micro se comía la banquina, daba dos giros en el aire, caía de costado, y se deslizaba por el pasto dejando salir gritos, chapas y vidrios. Hasta que se frenó en medio de un campo de girasoles.
Manoteó el celular, y mientras prendía las balizas y se estacionaba al costado de la ruta, le mandó un audio de WhatsApp a Claudia: Llamá a la policía, Claudia, a la ambulancia, volcó un colectivo en la 33, me cago en Dios, por poco y yo me lo llevo puesto, Claudia, ¿me entendés?, llamá a la ambulancia…
Placer encarnado
Un claxon sonó detrás de mí. Encima de su motoneta, un tipo flacucho me ladró en tailandés y me apuñaló con los ojos. Le dejé el paso libre. No dijo nada más y encajó su chatarra entre las otras mil estacionadas allí. Me detuve junto a uno de los dos postes con el letrero luminoso, cambiante, pero siempre tricolor…
Dormir en casa ajena es todo un tema
La cara se volvió más nítida a pesar de la oscuridad, como si absorbiera cualquier fuente de luz cercana; le brotaron unos labios ennegrecidos, parecían formados por sanguijuelas en lugar de músculos; de las comisuras sobresalieron dientes afilados, muy pequeños, en forma de anzuelos; también, centímetros más arriba, dos fosas nasales que se comprimían y descomprimían a paso rítmico.
Más que una cara ahora parecía una máscara orgánica, viva.
Y atrás de la máscara, pensó Cacho, tenía que haber una criatura que se conectaba con la pared. O que surgía de la pared.
Intruso
Un puñado de bocetos acabaron en la papelera por motivos evidentes; en ninguno de ellos capté la naturaleza de la criatura sanguinaria que aterrorizaba al protagonista: un renacuajo de mi edad.
Y pensar que a mis padres les preocupaba mi poder creativo. ¿De qué servía la imaginación si mis ideas estaban reprimidas?
Ya en la cama, lamenté mi falta de talento y visualicé mentalmente a la criatura hasta quedarme dormido. No sospechaba que mi vida jamás volvería a ser la misma.
El espíritu del fuego
Mangoré y Aramí construyeron un rancho de troncos y paja en una lomada. Un pedazo de monte enganchado a un borde del mundo. Allí no se oía más que el rumor de la naturaleza. Los otros jóvenes se marchaban a la ciudad a sobrevivir en los semáforos y en las plazas. Ellos se quedaron allí, en el monte.
Empantanado
Él calla. Karina lo mira con acritud:
―Decime: ¿todo te resbala a vos?
Sí, piensa él, arrellanado en el sillón rojo. Ese es un buen modo de describirme: todo me resbala. Es así, desde siempre.
Incluso sus hombros resbalan ligeramente, ahora, sobre el respaldo del sillón. Y oye los gritos de Karina, histérica. Él, muy tranquilo por el momento, piensa en otra cosa. O, mejor dicho, no piensa en nada.

